Sobre la vida, la muerte, la viga y todo en el medio.
La gimnasia te enseña muchas cosas, entre ellas a castigarte.
Algunas colegas y amigas exgimnastas dicen que somos todas muy autoexigentes. Que tenemos esa cosa de que nunca es suficiente, todo es hecho al detalle o nada, siempre hay que hacer un poco más y el cuerpo aguanta todo. Para mí tiene que ver con que te tenías que ganar el descanso: sólo tomás agua después de terminar la serie, sólo faltás con permiso el día después del torneo, sólo tenés verano hasta que hay que empezar la pretemporada. No es muy distinto en el mundo adulto común, pero capaz fuimos adultas desde muy temprano.
Me tomé mis primeras vacaciones en tres años, en realidad las primeras de más de siete días desde 2017, recién en abril. Es verdad que ser consultora nos es barato, también es verdad que parar es mucho más que una cuestión de plata. Fue una de las cosas que me hizo enojar más cuando leí “múltiples lesiones” en la tomografía de cráneo de mi abuela. Una vez que tomé coraje para tomarme los días que me corresponden – no por ley, no sueñen, apenas por un acuerdo -, ¿cómo se te ocurre tener cáncer? Y encima indefinidamente, sin un calendario.
Lo que podían ser seis o diez meses fueron finalmente apenas tres, en los que fui sonámbula a hospitales, hablé con oncólogos, con enfermeras, con otras pacientes, hablé con ella (mucho) y de golpe un día hablé con un señor de una funeraria. Todo con el mismo grado de incomprensión y de ruido blanco, con mi familia alrededor turnándose para llorar a escondidas, de ella y de nosotros mismos. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no adelantarme, para conectar con lo que estaba sucediendo sin evadirlo, pero por supuesto que me pasaba las madrugadas googleando para saber si ese ruido nuevo, si esa mancha nueva, eran normales. A ver si alguien en Mayo Clinic me podía dar una respuesta, un panorama.
La gimnasia te enseña muchas cosas, sobre todo a no estar presente.
Iba a mandar una newsletter estilo “persona que se le muere familiar que la crió se da cuenta de que quiere estar viva”, que de hecho ya está escrita, pero me arrepentí. Después me arrepentí de nuevo, porque pasan los meses y sigo llorando, sigo soñando que está viva, me habla. Y ya sé que volvió Simone Biles, que se vienen Amberes, Santiago y París y que están esperando un mail, pero no me sale decir otra cosa que lo que está pasando. Y está pasando todo en simultáneo. “A veces no te pasa nada y a veces te pasa todo junto”, dijo Flor. En el fondo sigo buscando el entusiasmo y el silencio necesarios para poder decir algo coherente.
Cuestión que sí me fui de vacaciones. Me di vuelta en un museo y había una puerta en el medio de la sala que no llevaba a ninguna parte. Simplemente estaba ahí, sin ninguna pared alrededor. “Esta exposición es un poco rara”, pensé. Hasta ahora eran carteles, murales, retratos. Me quedé mirando la puerta gris, como de metal, llena de stickers. Uno antirracista, otro sobre derechos LGBTQIA+, otro en contra del acoso sexual y la violencia contra las mujeres. Demoré en darme cuenta de que era una puerta real de una persona real. Leí la leyenda: era la puerta de Marielle Franco en la cámara de Rio de Janeiro. Hay algo de estar en otro país que me desinhibe, así que sin mayor preámbulo me largué a llorar en silencio en el medio de un palacio del siglo XIX.
¿Qué más gimnástico que disfrutar pero llorando? El mismo colapso, distinto fondo con palmeras.

Perdí la cuenta de las veces que me pregunté qué estaba haciendo con mi vida mientras repasaba la de mi abuela que se estaba terminando y me volvió a pasar mirando una puerta. Me impresiona la finitud pero por suerte ya no me deprime, así que me tomé un avión a una ciudad ruidosa, caótica, cálida, a ver si me camuflaba y esa idea de que todo se termina dejaba finalmente mi cabeza. Casi ni pisé la playa. Andaba por ahí entrando en librerías, en barrios sin avenidas, buscando horarios de jardines y museos (embocándole, honestamente).
Ya estamos en julio y también volvió Gabrielle Douglas. ¿A quién le importa? A muy pocas personas dentro de los billones que somos. ¿A quién le cambia en algo? Casi que a nadie. La gimnasia, como los demás deportes, no son reales. No existen, no importan, no sirven, y esa es la mejor parte. Son una ficción: es gente a miles de kilómetros que hace cosas que nunca hiciste ni vas a hacer, pero por alguna extraña razón querés que ganen. Por supuesto que sus vidas, sus cuerpos, son más que reales, pero se inventan obstáculos para entrenarse y superarlos. El arbitraje es el trabajo más difícil y serio del mundo, hasta que un día te das cuenta que literalmente te dedicás a observar quién salta más alto arriba de un palo sin caerse y ahí se te rompe la matrix. O al revés, como me pasó a mí: empieza a tener sentido.
Recién ahora entiendo lo que hago. No me dedico a la gimnasia, me dedico al show y la magia que me dan vida a mí y a otro puñado de gente. Esto de sólo disfrutar y ser felices no se nos da muy bien a las que formamos parte de este mundo, así que ya de paso es una resistencia. En una clase de mi maestría una compañera me preguntó por qué existían las políticas públicas de deporte, habiendo tanta gente que precisaba tantas cosas. “Porque hay un gurí en Tacuarembó que es el mejor nadador del mundo y no lo sabe porque no tiene una piscina pública”. Una respuesta que sonó muy inteligente (para mí) cuando la dije, pero hoy sería otra: porque hay un montón de gente que se dedica a darnos de comer, a ponernos un techo sobre la cabeza, a curarnos, a asegurarse de que llegamos acá y seguimos acá. Y después de que lograste llegar y quedarte, ¿qué hacés? Eso es muy noble y por supuesto necesario, pero es sobrevivir y es diferente de estar vivo. Eso no puede ser todo. Mis amigas y yo intentamos que la gente se levante de la cama que hizo la carpintería, atraviese una ruta que hizo la ingeniería y vea el deporte que hace la biomecánica para que elija también sentirse viva por un par de horas. La gente nace y se muere todo el tiempo y en el medio hay que hacer algo. Gimnasia, por ejemplo.
Todo para decirles que estamos de vuelta, ustedes y yo, en este espacio, debatiendo sobre cosas absolutamente insignificantes, divertidas, a veces muy reales. Porque “si falta usted no habrá milagro” y todo eso.
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