Algunas ideas sobre qué podemos hacer para mejorar y continuar la conversación.

Esta semana fue intensa. Después de que todos se pusieron al día con Atleta A, siguieron los comentarios, el blog del domingo y hasta una nota en radio. Son muchas preguntas difíciles en poco tiempo, pero bienvenida la discusión. El sentimiento de impotencia al ver el documental puede ser abrumador, pero es una primera reacción frente a un tema complejo que debemos bajar a tierra. No podemos solucionar la gimnasia mundial, pero podemos empezar por nuestros países y nuestro entorno particular.
Hoy hice un intento por estructurar los pensamientos y señalo cuestiones que considero un buen punto de partida para educarnos y tomar acciones concretas. Señalo además algunas fuentes de información que pueden resultarles interesantes y/o útiles. Un descargo antes: no soy ni entrenadora, ni psicóloga, ni por supuesto tengo las respuestas a problemas universales. Es apenas un aporte para continuar reflexionando e impulsando un cambio lento pero necesario.
1) Intentar entender al otro
La prioridad es proteger a las personas más vulnerables, pero es una realidad que en nuestro medio hay muchas opiniones contrarias a la evidencia sobre el maltrato y el abuso infantil. En mi opinión, la dificultad mayor que encontramos los adultos al tratar estos temas es la tendencia natural a defender a nuestros pares. Es casi que una forma de “autoprotegernos”: en la medida en que yo acepto que hay personas similares a mí que cometen estos actos, ¿qué dice de mi profesión/ocupación? ¿Estoy yo en peligro de ser acusado/a? ¿Habré hecho algo mal en algún momento y no me di cuenta? Sobre lo último, es muy probable dada la cultura en la que practicamos el deporte y el simple hecho de que somos seres humanos con aciertos y errores.
También existe una tendencia a separarnos de personas que hayan pasado por esto: “esta gimnasta que hizo esta denuncia es de elite. Esas cosas pasan en elite y yo tengo gimnastas de niveles más bajos. Por lo tanto, no me va a pasar a mí”. Es una mirada muy naif, pero es muy común en personas que no tienen formación en estos temas o no han reflexionado al respecto. Sobre todo aquellos/as que no han vivido una situación similar o no han tenido un caso cercano.
Por supuesto que hay un límite entre no entender y estar abierto a escuchar y directamente tener prejuicios que te impiden trabajar con niños/as y mantenerlos seguros. Sin embargo, me parece importante resaltar estos puntos porque es una línea de partida para la conversación con muchas personas que ni siquiera son conscientes que son parte del problema. El libro “Pensar con otros” de El Gato y La Caja puede ser muy útil para entender cómo podemos hablar con personas que piensan diferente frente a temas que ya están saldados desde la evidencia, sobre todo para gestionar nuestra frustración. Está disponible para descarga gratuita en este link.
2) Educarnos al respecto
La formación en prevención de abuso debería ser fundamental para cualquier persona que trabaje con niños, niñas y adolescentes. Desconozco si esto es así en los planes de estudio actualmente, pero hay muchas personas que no tienen formación y/o no la aplican. Hace unos meses se realizó el taller sobre Prevención del abuso sexual hacia niñas, niños y adolescentes en el ámbito educativo deportivo, impulsado por el MEC. El objetivo era sensibilizar y brindar herramientas para la prevención, pero también ofrecer un espacio para reflexionar e intercambiar sobre medidas a implementar en el ámbito deportivo. En la convocatoria pueden encontrar más información sobre el marco teórico y los contenidos abordados, así como los nombres de las facilitadoras.
La organización Claves lleva adelante la campaña de sensibilización pública “Un trato por el buen trato” y ofrece además capacitaciones online sobre infancia y adolescencia libre de violencia. Muchas de las conductas violentas que naturalizamos, por experiencia propia o porque la sociedad las acepta ampliamente, no son tan dañinas en apariencia pero van dejando huella a lo largo del tiempo. Es importante ser conscientes de esto no sólo para el trabajo en nuestro lugar concretamente, sino para detectar posibles situaciones por las que atraviesan los niños/as en otros ámbitos, principalmente el familiar.
3) Reflexionar sobre las estructuras
La parte más específica sobre el deporte es la más difícil de entender, por estar muy arraigada, pero la más sencilla de implementar a corto plazo. Mucho antes de que ocurra un episodio de violencia de cualquier tipo, un/a gimnasta aprende que tiene que obedecer órdenes, que la relación es estrictamente jerárquica, que debe entrenar para subir de nivel y sacrificar otros aspectos de su vida por el deporte desde edades muy tempranas. La línea entre la disciplina y la sumisión es poco clara, más cuando se trata de menores. Esto no sólo es terreno fértil para la violencia: también es una forma de hacer gimnasia que, sin ser necesariamente “mala”, no es tan buena como podría ser.
Hace algunos días en la charla online organizada por la CONSUGI, Hardy Fink señalaba algo importante sobre el programa Age Group y su trabajo en la FIG: la gimnasia tiene que acompañar el desarrollo de cada deportista, poniendo énfasis en la salud y la ética, apuntando a una carrera emucho más duradera y positiva de lo que es hoy. Entre otras cosas, señaló que los programas de niveles para competencia deben sostener esta filosofía. Incluso aunque no vaya de la mano con las medallas y los resultados internacionales inmediatos, esto se verá reflejado en un futuro.
Uruguay dió un paso en este sentido al adoptar Age Group como su programa de competencia, pero no necesariamente incorporó los demás aspectos. ¿Cómo seleccionamos a las gimnastas para torneos internacionales? ¿A qué edades y con qué fundamentos? ¿Estamos respetando lo que se recomienda desde la ciencia o nos conformamos con los programas de competencia? Pensando en el largo plazo, ¿qué plan tenemos para las chicas que avanzan en el track de alta competencia? Por el momento, la lógica parece ser que esperamos que avance hasta que quiera y pueda.
Con respecto a los torneos, en base a la recomendación de un experto se acortó el calendario de competencias para concentrarlo en 4 meses. No tengo claro si funcionó para las gimnastas (posiblemente sí), pero fue difícil desde la logística y quizás debamos buscar un punto intermedio. Por otro lado, como juez me ha tocado arbitrar de corrido torneos clasificatorios de 6 horas. Poner en el centro a las gimnastas no necesariamente va en contra de la comodidad o sostenibilidad de los eventos. Sí requiere mayor inversión de recursos y sobre todo estar abiertos a otros formatos, lo cual a veces es más difícil de conseguir que el dinero.
4) Los sueños que quizás no son
En gimnasia estamos acostumbrados a detectar a las gimnastas que quieren “llegar lejos”. Naturalmente, son las que se seleccionan para un posible proyecto de alto rendimiento. No sólo tienen las condiciones a nivel físico y cuentan con una red mínima de apoyo, sino que tienen ese factor extra, un deseo personal de superación y un espíritu competitivo que las diferencia de las demás. Esto es posible (lo he visto), pero no debería estar por encima ni del bienestar ni de las posibilidades reales que tiene una gimnasta para tomar estas decisiones. Cualquier niña de alto rendimiento va a repetir “quiero llegar a los Juegos Olímpicos”, pero ¿realmente quiere? ¿Cómo lo sabe?
Si una niña de 8 años dice “quiero ser médica”, todos lo tomamos como lo que es: un gusto, una preferencia por cierta profesión, que quizás en el futuro se convierta en un deseo real. Nadie trataría de fracasada a esa nena si el día de mañana es arquitecta, o si directamente no tiene una profesión universitaria. Entonces, ¿por qué en la gimnasia tomamos estas expresiones de los niños, muchas veces inducidas por el entorno, con la seriedad con la que lo diría un adulto? No tienen las herramientas para entender lo que significa ni el esfuerzo que conlleva. ¿Por qué las penalizamos si ese finalmente no es su destino?
Esto no es un argumento en contra del alto rendimiento, sino a favor de que cada niña tenga las condiciones para desarrollarse correctamente en el nivel que desee. El compromiso asumido involuntariamente quizás las lleve a continuar en la gimnasia a un nivel en el que no quieren estar. Por ejemplo, en todos los clasificatorios veo cómo muchas niñas están bajo un nivel de estrés muy poco sano. Incluso aunque realmente quieran estar ahí, la presión que tienen debería llamarnos la atención a todos.
Este es el punto en el que creo que las líneas se borran: si esa niña crece en un entorno donde este nivel de estrés le resulta familiar, donde todos actuamos como si fuese normal, donde se siente invisible y silenciada (aún sin ser consciente de ello), estamos contribuyendo a que sea más vulnerable frente a potenciales situaciones de violencia. Esa gimnasta eventualmente se convertirá en entrenadora (porque muchas al final terminan siéndolo) y tendrá que hacer un esfuerzo por no repetir estas conductas y no ser neutral en caso de presenciarlas. Este esfuerzo hoy debe ser colectivo y asumido como un work in progress que llevará un tiempo. Cada uno desde su lugar puede aportar. Nuestro ambiente nunca será un 10 perfecto, pero sí puede ser mejor.
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