La suspensión de Maggie Haney

Un fallo histórico y una situación demasiado común

El pasado miércoles 29, USA Gymnastics anunció que suspendió a la entrenadora Maggie Haney por 8 años por abuso verbal y emocional. Esto sucedió luego de un proceso de 2 meses donde testificaron varias de sus gimnastas incluyendo a Laurie Hernandez y Riley McCusker. Los cargos incluían haber gritado, insultado, amenazado, hostigado y acosado a sus gimnastas. De acuerdo a un informe de OC Register, la entrenadora llegó incluso a amenazar a los padres con cometer suicidio si cambiaban de gimnasio a sus hijas. Su socia Victoria Levine, también entrenadora de MG Elite en New Jersey, está acusada de cargos similares de maltrato psicológico, fue suspendida por USA Gymnastics en marzo y su proceso está aún pendiente.

La primera denuncia fue realizada apenas algunas semanas después de Rio 2016. Laurie sufrió abuso durante muchos años y decidió no contárselo a sus padres porque temía las represalias en el gimnasio. Un día su madre la escuchó hablando con una compañera de equipo sobre cómo Haney le tiraba del pelo y decidió intervenir. Inmediatamente terminó el contrato con la entrenadora y realizó una denuncia formal a USA Gymnastics. A la organización le llevó más de 3 años tomar una decisión y requirió que varias gimnastas la denunciaran: recién en febrero de este año fue suspendida temporalmente mientras se desarrollaba el proceso formal. Durante ese período, Haney continuó entrenando gimnastas, representando al país en torneos internacionales e incluso asistiendo a campamentos nacionales de entrenamiento donde una de sus denunciantes y ex-atletas estaba presente. Luego de conocerse el fallo, Laurie realizó una publicación en Instagram donde relató el infierno que vivía en el gimnasio y las tácticas que utilizaba su entrenadora para continuar el maltrato sin ser denunciada formalmente.

En el caso de Riley McCusker, hubo varios episodios que transcurrieron ante el ojo público. En la American Cup de 2017, un evento televisado en vivo, Riley zafó un pie en su salida de viga, pasó a centímetros del aparato y cayó sobre el cuello. La cámara se mueve, una persona pasa por adelante corriendo, pero su entrenadora no aparece. Riley queda unos segundos arrodillada en el suelo, desorientada, pero enseguida se levanta, saluda a los jueces sonriendo y sale del podio caminando sola. Recuerdo haberlo visto y pensado que no sólo se habían salteado todas las reglas de sanidad habidas y por haber, sino que algo extraño estaba sucediendo en el momento en que una gimnasta cae de esa forma y su entrenadora no la asiste inmediatamente.

De acuerdo a un reporte, la relación empezó a deteriorarse definitivamente en marzo de 2019 luego de la copa de Birminham y los padres de McCusker realizaron quejas al coordinador de la selección. Más adelante ese mismo año, la gimnasta fue diagnosticada con un caso leve de rabdomiólisis, una enfermedad muscular cuya causa más usual es el sobreentrenamiento y que en los casos más graves puede derivar en insuficiencia renal. Finalmente, luego de que la entrenadora fuera suspendida temporalmente y se iniciara un proceso que incluía numerosas denuncias, los McCusker se mudaron a Arizona y Riley comenzó a entrenar en el gimnasio de Jade Carey, apenas unos meses antes de la fecha original de los Juegos Olímpicos. Sin decir una palabra al respecto, y sin estar incluida en la lista pública de denunciantes, quedaba claro que la relación entre McCusker y Haney había terminado.

Si unimos los puntos hacia atrás, resulta increíble pensar que esta entrenadora estuvo durante años maltratando gimnastas a la vista de todos sin ser removida. La realidad es que los maltratadores y abusadores son personas muy hábiles que usualmente convencen a las víctimas de que exageran o realizan acciones compensatorias, como favores extraordinarios a las familias. Laurie contó hace años en un mini documental que cuando no podía ir a entrenar temprano desde su casa, se quedaba a dormir en lo de Haney y ella la llevaba a entrenar. En su entrevista al New York Times hace unos días, declaró que asumir el abuso le generaba un conflicto al punto de que no creía que fuera real porque no dejaba marcas visibles.

Además de las dinámicas propias de situaciones de violencia que someten a las víctimas y convierten al entorno en cómplices, los espacios de denuncia y las garantías son escasas. Este caso es relevante porque lo encabezan dos gimnastas en actividad, con carreras de alto perfil y con riesgo de perder un juego olímpico en caso de que la denuncia fuese utilizada en su contra o la carga emocional y psicológica del proceso las alejara definitivamente del deporte. Otros antes no han tenido la misma oportunidad, lo cual quizás sugiera que la sociedad está atravesando cambios importantes y la gimnasia se está poniendo al día. Incluso gimnastas de otros países reconocieron que es un problema en el deporte que trasciende fronteras.

Existen algunas reglas no escritas en la gimnasia que si bien no provocan este tipo de situaciones, contribuyen a generar un ambiente propicio para las mismas. Por ejemplo, la relación con los padres es muchas veces difícil porque no cuentan con conocimiento suficiente del deporte y realizan demandas que están fuera del alcance del entrenador/a. Muchas veces piden subir a una gimnasta de nivel cuando no está preparada “porque se esforzó mucho”, realizar elementos “porque sus compañeras los hacen” o incluso competir en momentos donde no corresponde. Sin embargo esto no puede ser una excusa para tener una política de entrenamiento a puertas cerradas sin excepciones, como pasa en muchos gimnasios, incluso aunque resulte entendible para la mayoría.

Como siempre, el cambio fundamental es el cultural: entender que son niños/as, que son sujetos de derecho y que necesitan protección. Muchas de las ideas que manejamos en el gimnasio 20 años atrás hoy son por fin consideradas erradas. Recuerdo que en un torneo decíamos con otra jueza “nos tenemos que cambiar a la rama masculina, en la nuestra las gimnastas lloran”. Lo decíamos como chiste (y no fue hace mucho tiempo atrás, lamentablemente), pero me consta que muchas personas piensan así hasta el día de hoy. Cualquier gimnasta que nos estuviese escuchando entendería que los hombres no lloran (tema para una newsletter aparte), que llorar está mal y que pasarla mal en el gimnasio es cosa de todos los días. Repetir ese tipo de discursos corre la línea y convence a los/as gimnastas de que ciertas prácticas son parte del deporte, que ese es el precio a pagar y que los entrenadores son una autoridad que está por encima de nuestro propio instinto. Aprovechemos esta pausa para revisar nuestras actitudes, nuestras palabras y sobre todo abogar por una cultura donde la salud y el bienestar de los gimnastas sea la máxima prioridad.

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